La explotación de animales en el cine

Partido Vegano - Explotación animal en el cine
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Partido Vegano - Explotación animal en el cine - Animales explotados como actoresLa explotación de animales en el cine una práctica que sigue vigente desde los albores del siglo XX. Los animales explotados como actores son esclavos desechables del ser humano. Como ejemplo tenemos a las decenas de caballos muertos en producciones de cine del oeste.

El cine y la explotación animal

Las películas, series y otras creaciones audiovisuales son un verdadero arte de nuestro tiempo moderno. Sin embargo, el uso que hacemos de los animales en el cine apenas ha cambiado desde su surgimiento en los albores del siglo XX. En este artículo, el Partido Vegano desea exponer algunas reflexiones sobre la explotación animal en el cine.

El cine constituye el arte de la representación a través de una pantalla. Nos permite viajar hacia épocas pasadas y adentrarnos en futuros inconcebibles. La imaginación humana es profunda y diversa, no obstante, nuestra ética hacia los animales es prácticamente uniforme a lo largo del mundo y del tiempo. A pesar de que ya existe la tecnología necesaria para recrear animales de toda clase con sumo realismo, la explotación de animales en el cine sigue estando vigente tanto en producciones de menor presupuesto como en aquéllas en donde se busca representar animales domesticados y comunes, por ejemplo, perros, gatos, caballos, etc. Tanto desde el cine mudo en blanco y negro hasta las megaproducciones en 4K, el ser humano continúa utilizando animales como recursos o instrumentos al servicio del metraje.

Si entendemos que un actor humano elige serlo y tiene un contrato estipulado sobre los riesgos, entre otras situaciones. Los animales, en cambio, son esclavos a quienes se emplea sistemáticamente contra su voluntad y, a veces, se los utiliza como meros elementos desechables. Por ejemplo, grandes producciones del cine del oeste se saldaron con la muerte de decenas de caballos a los que se hacía cabalgar a pleno sol por los desiertos de Norteamérica o se los dejaba demasiado tiempo sin agua, como ocurre en ferias, romerías y otras explotaciones de corte costumbrista. Como suele suceder, estos hechos se relatan en los medios de comunicación como casos de «maltrato animal». No. Lo correcto es hablar de esclavitud animal.

Asimismo, cuando la acción implica algún riesgo serio, los actores humanos disponen de dobles y especialistas. Por el contrario, aun cuando los animales estén entrenados, ellos no pueden negarse a ninguna situación estresante, dolorosa o peligrosa. Este aspecto nos dirige, a su vez, a la consideración de que los animales explotados como actores son esclavos desde el nacimiento a quienes, de una forma u otra, se los adiestra para cumplir una función hasta que, finalmente, se los desecha.

Si la explotación de animales en el cine no recibe tantas críticas, en comparación con la tauromaquia, quizás se deba a que la sociedad está desconectada de la realidad y le cuesta afrontar el origen de un problema o aquello que implica el mismo hecho de que un animal aparezca ante la cámara. Nada resulta fácil ni gratuito para las víctimas. Con nuestras entradas, suscripciones y visionados estamos contribuyendo a una sucesión de injusticias, desde la inseminación forzada de hembras y la coacción de machos, hasta procesos de adiestramiento y doma para conseguir que el esclavo haga cuanto se le ordene hacer.

No se trata de que a los animales explotados como actores se los atienda mejor o peor en las producciones de cine, series o en cualquier otro lugar. Nuestro error radica en que nos creamos con legitimidad para usarlos a nuestro servicio. Poco importa si se los mata para comer, si se los encierra en zoológicos, acuarios o delfinarios; si se los cría en granjas peleteras, si se los mete en terrarios, si se investiga con ellos hasta practicarles un necrosia, si se los viola o si les causamos la muerte por desidia durante una grabación. Toda forma de explotación animal es igual de injusta.

Debemos cambiar radicalmente nuestra visión hacia todos los animales y reconocer que ellos también son personas de otras especies. Pues, como nosotros, poseen intereses inalienables tales como la vida, la libertad y la integridad.

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